La doctrina federal 1: El consentimiento (1891), Pi y Margall
¡Muy buenas!
Con el objetivo de lograr una mayor difusión en la red de los escritos del republicanismo histórico, me he propuesto ir publicando aquellos textos que he digitalizado y actualizado en relación con las normas ortotipográficas.
Comenzamos así con la antología de textos de Pi y Margall referentes a la doctrina federal, tal y como fueran recopilados por Gabriel Alomar en su libro de 1908 y publicados anteriormente en el periódico El Nuevo Régimen.
¡Salud y República (Federal)!
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El consentimiento
El Nuevo Régimen – Madrid, 28 de noviembre de 1891
Nosotros no tenemos una vara
de medir para las colectividades y otra para los individuos. Opinamos que, para
los individuos, como para las colectividades, hay una misma moral y un mismo
derecho.
Sin el libre consentimiento de
dos o más hombres no hay sociedad posible; sin el libre consentimiento del
varón y la hembra no lo es ni la familia, con ser en cierto modo obra de la
naturaleza. Como crimen de leso linaje tendríamos ahora el rapto o la compra de
la mujer, practicados en algunos pueblos. No acertamos a concebir cómo sin el
libre consentimiento puedan legítimamente fundarse sociedades políticas.
La falta de consentimiento
vicia todo contrato: basta a los ojos de la misma Iglesia para disolver los
matrimonios y anularlos como si no hubieran existido. No acertamos tampoco a
comprender por qué no ha de viciar y destruir sociedades como las naciones.
Lo que es vicioso desde su
origen no cabe que convalezca por el transcurso del tiempo, pero es indudable
que lo que viciosamente se funda cabe que convalezca por la voluntad de los
fundadores, es decir, por un nuevo contrato. Tampoco acertamos a comprender por
qué las sociedades políticas viciosamente fundadas no se ha de procurar que
pierdan por un nuevo contrato el vicio de origen.
Si por el consentimiento, se
dice, se forma la sociedad política, es consiguiente que por el disentimiento
se deshaga. Y ¿quién lo duda? Al norte de España hay un pueblo que difiere
totalmente de nosotros por su raza, por su lengua y por la índole y el desarrollo
de sus instituciones y sus costumbres. Este pueblo, el vasco, ocupa las dos
vertientes de los Pirineos y pertenece parte a España, parte a Francia. Si un
día se propusiese constituir una nación y Francia y España estuvieran conformes
en disgregarlo de su respectivo territorio, obvio es que por el disentimiento
de las dos naciones sería posible establecer una nueva nación, reino o
república.
No consideraba Lincoln
legítima la separación de los Estados del sur que contra él se rebelaron y
estaba en lo firme. Allí esos Estados formaban por su consentimiento parte de
la república, y es principio de derecho que los contratos no se rompen por la
voluntad de una sola de las partes.
Dícese también que, de
aplicarse ahora el libre consentimiento a la reconstitución de España, nacería
el caos, pues cada pueblo se querría unir a su antojo a la provincia o a la
región que le agradara, sin consideraciones de lugar ni tiempo. Los que tal afirman
hablan de la nación como si fuera una jaula de locos, y nosotros no creemos que
lo sea ninguna de nuestras agrupaciones políticas. Hay, por lo contrario, entre
nosotros un espíritu regional tan pronunciado, que ha surgido de algunos años
acá una escuela que toma el regionalismo por fin de su política.
Es aún más extraño el temor de
que la nación en este caso se disgregase, pues los que lo tienen o afectan
tenerlo son los que más la presentan como una obra de granito, fruto de la
lenta labor de los siglos. Obra tan fuerte ¿cómo se habría de quebrar ni hacer
pedazos porque se la sometiera a tal o cual procedimiento? ¿Ni quién la habría
de comprometer? Los federales no, puesto que federar es unir y no desunir y
lejos de querer amenguar la nación, aspiran a constituir los Estados Unidos de
Europa: los unitarios menos, ya que la unidad es la dama de sus pensamientos.
Nosotros quisiéramos, por otra
parte, que los que combaten nuestro principio nos dijeran de una vez si están
por el de la fuerza o por la teoría de los hechos consumados, que es lo que la
viene sancionando desde remotos tiempos.
Nosotros, la verdad sea dicha,
no comprendemos esa especie de fetichismo que por las actuales naciones se
siente. Se considera mudables los dioses, los reyes, las formas de gobierno,
los organismos sociales, las bases de la propiedad ¿y no las naciones? Es tanto
más de extrañar ese fetichismo, cuando ninguna nación ha obedecido al formarse
a criterio alguno y todas han sufrido numerosas transformaciones en el dilatado
curso de los siglos. Preguntad a esos mismos fetichistas si creen acabada
nuestra nación siendo independiente Portugal y estando Gibraltar en poder de
los ingleses y os contestarán negativamente. Preguntad a los franceses si no
creen menoscabada la suya desde que el imperio germánico se apoderó de la
Alsacia y la Lorena, y os dirán que con el fin de recobrarlas mantienen a costa
de penosos sacrificios, formidables ejércitos y más formidables escuadras.
Indudablemente muchos hombres
son idólatras por naturaleza. Caídos sus dioses, les faltaba un ídolo y han
puesto en el altar de sus derruidos templos la imagen de las naciones. Se ha
celebrado hace poco en Roma dos Congresos de la Paz. Ninguno se ha atrevido a
abordar la cuestión de las nacionalidades y los dos han obtenido por justo
premio de sus afanes las carcajadas de Europa.
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