Cuentos anticlericales 1: ¡Tenga usted fe! (1881), José Nakens
¡Muy buenas!
Con el objetivo de lograr una mayor difusión en la red de los escritos del republicanismo histórico, me he propuesto ir publicando aquellos textos que he digitalizado y actualizado en relación con las normas ortotipográficas.
En esta ocasión, presentamos la primera publicación dominical de los cuentos anticlericales de José Nakens. Estos han sido obtenidos del libro Humorismo anticlerical de 1903.
¡Salud y República (laica)!
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¡Eh! ¡Pronto! ¡Agua! ¡Jabón! ¡Un
desinfectante!
¡Y pensar que la llevaba al
cuello y la he besado tantas veces! Es para perder el juicio y el estómago.
Católico desde que nací y sin previa
consulta me bautizaron, yo consideraba bien inestimable la posesión de una
reliquia. A este fin entablé relaciones con un sacristán, quien mediante 25
duros me proporcionó un pedazo de piel de santo, legítima, con auténtica y
marca de fábrica, sacada de las propias Catacumbas de Roma.
¡Cuánta fue mi alegría! Él no
supo decirme, por venir confuso el documento, el nombre del mártir; mas ¿qué me
importaba? ¿Es menos hermosa la mujer amada porque ignoremos su nombre?
Considerada estéticamente, no
acababa de seducirme la reliquia: arrugada, negruzca, más parecía pellejo de
cabra mal curtido que piel de santo bien chamuscada; pero yo, poseído de esa fe
que transporta montañas, la encerré en un escapulario de tafetán y me la colgué
al cuello.
A ella acudía en mis trabajos
y tribulaciones, de ella esperaba consuelo y salvación; y mis labios la besaban
trémulos, y mis ojos la contemplaban extasiados, y mi corazón la calentaba con
su religioso fuego, y el perfume de la gracia y los deliquios del amor místico
se difundían por todo mi ser.
Y en esta dulce confianza
vivía, cuando anoche leo en un periódico esta aterradora noticia:
«Noticioso
León XIII de que se hacía en grande escala un tráfico sacrílego con falsas
reliquias de santos, ha mandado al cardenal-vicario de Roma que instruya
activas investigaciones en el asunto y castigue con rigor a los culpables. El
cardenal-vicario acaba de dirigir a todos los obispos, vicarios y
administradores del mundo una circular participándoles que desde hace 30 años
no ha salido ni una reliquia de las Catacumbas y rogándoles protejan a los
fieles contra todo engaño.
Los países que aparecen más favorecidos por este tráfico son España y la América del Sur.»
¡Agua! ¡Jabón! Vuelvo a
repetir… ¡Petróleo! ¡Un tiro!
¿Conque mi reliquia era un
pellejo cualquiera?
¡Y yo lo he besado! Si pillara
aquí al infame que me lo vendió, haría tiras del suyo. Esta idea acabará
conmigo.
¡Ah! Bien dicen que la fe es ciega.
¡No haber visto el engaño! Únicamente el olfato, en tiempo húmedo, sobre todo,
protestaba con energía; mas yo, desconfiando de los sentidos como la Iglesia
aconseja, procuraba convencerme de que aquel mal olor del pellejo era olor de
santidad.
Y ahora, ¿qué hago? ¿Lo tiro,
convencido de que la fe engaña, o lo conservo, desobedeciendo al Padre común de
los fieles?
Este es el conflicto.
¡Y haber dado 25 duros y
malgastado doscientos millones de fe en esa reliquia apócrifa!
Y no es esto lo peor. ¿Quién
arranca en adelante de mi pecho la duda en todo lo que a reliquias se refiera?
¡Impíos cómplices de ese
tráfico impío! Habéis matado mi fe.
¡Maldición sobre vosotros!
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